De roles, diálogos y urbanismos
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De roles, diálogos y urbanismos


En plena vorágine de pandemia, llegó al Centro de Mediación Comunitaria una convocatoria para participar en un conflicto público con un objetivo claro: que “las partes lleguen a un acuerdo”. Informado el equipo de los pormenores del caso, sus participantes y el interés de organismos oficiales en mantener baja la conflictiva, no dudamos en aceptar el llamado.
Tras realizar reuniones conjuntas y privadas, nos encontramos con obstáculos que se tornaban infranqueables a primera vista. En la mesa se discutían principios y valores que solemos denominar como no negociables; conceptos fundamentales y pilares de las identidades de las partes se ponían bajo la lupa: persona, familia, trabajo, creencias religiosas, cuerpos, salud, uso del espacio público y discursos de derechos y diversidades.
En el momento que la dupla mediadora percibió como de apertura y desescalada, se intentó avanzar en la generación de opciones, pero las retracciones fueron contundentes ante la calidad de las propuestas. Como mediadores tampoco podíamos permitir un trato deshumanizante y validar formulaciones/declaraciones en las que se comparase a las personas “con un animal rabioso que debe ser enviado a una perrera.”
Las posiciones eran más firmes que nunca y no íbamos a poder movernos de ese lugar si seguíamos con el “manual de la mediación”, haciendo preguntas o tratando de indagar en generalizaciones y los procesos de construcción de creencias.
Si bien nos encontrábamos en un callejón sin salida, escuchar a la representante de una organización civil nos sirvió como punto de partida para re-pensar el proceso, sus objetivos y nuestro rol como operadores de conflicto/paz. Esta persona manifestó que, ante la volatilidad existente, la situación debía “avanzar a paso de hormiga”. ¡Tiempo, nos pedían tiempo! Necesitaban tiempo para sentir seguridad, confianza y anclarse en el trabajo colaborativo.
El tiempo en una mediación “de mesa” no es igual ni dura lo mismo que en un conflicto público; no hablábamos de 15 días para consultar un contador o arquitecto sino de semanas y meses. Teniendo esto en cuenta, nos re-direccionamos para usar el tiempo a nuestro favor: dejamos el acuerdo que tanto pedían y fuimos a por la construcción de paz y convivencia; analizamos líneas de abordaje que corrieran el foco del conflicto; buscamos maneras de tomar contacto con otras necesidades compartidas por la vecindad y quienes trabajaban la calle: seguridad e higiene del espacio público y privado.
Luego de mucho pensar, nos detuvimos en el concepto de territorialidad positiva, entendido como el uso de los territorios y sus características con el fin de mantener un sentimiento de acceso a un espacio seguro y una identidad específica, sin crear fronteras impermeables que restringiesen al mínimo la comunicación con otros grupos. Trabajar con este enfoque requiere llevar adelante un nuevo mapeo del conflicto: hacer una evaluación realista del ambiente, de los intereses de cada parte, sus alianzas con terceros intervinientes y sus recursos disponibles. Las interacciones en el territorio están dadas por la defensa de esos intereses y los sistemas de identidad individual y colectiva, factores especialmente arraigados en el caso que teníamos en frente.
Decidimos avanzar en el diseño de objetivos que sostuviesen la territorialidad positiva, fomentando la interacción vecinal y mejorando las actitudes y comportamientos frente al conflicto. Nuestras hipótesis de trabajo estaban dirigidas a: mejorar la vigilancia o seguridad comunitaria mediante la identificación de “puntos calientes”: establecer un “orden del espacio público” para promover su uso responsable; la prevención de delitos mediante el uso estratégico de barreras físicas y dispositivos de seguridad disponibles; y la puesta en valor del espacio público mediante su renovación, mantenimiento, iluminación y cuidado.
Mediante esta propuesta de trabajo, buscamos cambiar la perspectiva de las intervenciones diseñadas por personas externas, denominadas por Lederach “de arriba hacia abajo”, hacia enfoques co-creados y ejecutados por y para las comunidades. Las acciones intentan basarse explícitamente en normas culturales específicas, en lugar de recurrir a incentivos rígidos o proporcionados externamente por terceros interesados. Pensamos que las experiencias compartidas y un objetivo común permiten sacar a la luz mitos o estereotipos mutuos, brindando la oportunidad de reavivar la confianza.
El caso todavía no está “cerrado” por lo que no podemos hablar de resultados en los términos tradicionales de acuerdo; sin embargo, el nivel de conflictividad se ha reducido considerablemente y el registro de reclamos significativos a las autoridades es mínimo. Si bien no hay garantía automática de estabilidad, tales intervenciones pueden crear y mantener un “patrón de espera”, jugando con la cohesión dentro de la estructura.
Sin dudas, ganar tiempo y espacio se torna más importante de lo que parece a primera vista. A nuestros ojos se vuelve esencial la creación de condiciones y entornos habilitantes de un diálogo comprometido y continuo, en pos de la reintegración social y económica.
En este sentido, confiamos en que la incorporación de un análisis interdisciplinario de la territorialidad potencie el desarrollo de estrategias que promuevan o generen condiciones favorables en la gestión del conflicto que hoy tenemos en la mesa. Una mesa en la que se respire el cuidado de identidades amenazadas, sus estilos de vida y fuentes de trabajo. Una mesa donde el conflicto quede de lado para cederle su lugar a la convivencia y calidad de vida.
- Abogado y mediador.
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